sábado, 23 de agosto de 2014

UN VIAJE EN TREN INOLVIDABLE

El tren de la muerte no es una atracción de feria tipo "El pasaje del terror", aunque lo parece. Es uno de los medios de transporte que la población usa para trasladarse, entre otros destinos, a Mawlamyine, y todo lo que leímos acerca de este viaje fue precisamente lo que nos incitó a realizarlo (en realidad, creíamos que se trataban de exageraciones).

El precio del billete te hace pensar que no es first class, pero es justamente lo que andábamos buscamos. En un lugar donde la gente no tiene acceso a lujos, nosotros no los queremos, si es válido para ellos, para nosotros también, así que allí nos metimos... 





Viajamos de noche, con nueve horas por delante, de las que pretendíamos dormir al menos la mitad...

Cuando llegó la hora de subir al vagón la estación estaba casi en penumbra, pero el interior del tren estaba totalmente a oscuras. Vimos como la gente buscaba su asiento con linternas y nosotros hicimos igual. 


Al tratarse de un tren taaaaan viejo, la sensación que te produce es de estar en otra época. La pintura bajo una capa de suciedad que ya nadie pretende limpiar y el óxido que lo envejece todo aún más. Aunque el suelo estaba especialmente sucio, los asientos los habían cubierto con una funda blanca que te "aislaba" de lo que podía haber debajo y era, francamente, un alivio.


Los lavabos no los fotografiamos, vaya, ni lo pensamos... Cuando Miguel fue estaba inundado a causa de las goteras y a mi se me quitaron las ganas de ir. Esa noche llovía, que no lo he mencionado. Las ventanas no encajaban y durante el viaje te iba salpicando el agua de lluvia que se colaba por las rendijas.

A demás, viajaban con nosotros una gran variedad de insectos. Nos untamos el Relec, que cuando te lo restriegas sobre la piel lastimada de arañazos y picaduras crees estar echándote veneno puro, y una niña quiso que también le pusiéramos a ella: así que nos embadurnamos los tres.  


Y pretendíamos dormir... ¡Qué ilusos! No quisimos creer en los comentarios que hablaban de un tren que da brincos y te hace saltar del asiento, cuando lo vivimos en nuestras propias carnes al principio nos dio un ataque de risa. Los saltos eran dignos del "saltamontes"de la feria, de tan repetidos me entró flato y me cogió dolor de costillas de hacer fuerza para no saltar literalmente de mi asiento y de cuello de intentar frenar los golpetazos de cabeza contra el respaldo. Entonces paraban y parecía que iba a mantenerse un rato la calma, pero pronto volvían las sacudidas, algunas rítmicas, otras contundentes.


A lo largo del trayecto varios vendedores ambulantes entraban y saltaban del tren en marcha con sus bandejas sobre el hombro (iba alrededor de 40/50 Km/hora).

En plena noche y, bajo la vigorosa lluvia, el tren se averió y empezaron los paseos arriba y abajo de gente que, supongo, trataban de arreglarlo. Paréntesis que aprovechamos para dormir. Tardaron unas tres horas en solucionar el problema, que se sumaron a las nueve del viaje.


Más cansados y cargados con nuestras mochilas, llegamos a Mawlamyine. La estación es lo que se ve en la imagen, incluido el chorro de agua que mantenía el suelo bien mojado. Aún llovía, la lluvia y el bochorno empalagoso nos acompañaron unos cuantos días.