miércoles, 3 de junio de 2015

INSOMNE

¿Qué magia encierra las tres de la mañana? Es una hora cualquiera y a la vez es una hora especial, exclusiva, es mi hora de insomnio, de sentir que soy la única persona despierta a mi alrededor, preciosa fantasía.


Adoro el silencio de la noche, solo interrumpido, de vez en cuando, por algún sonido lejano: signo de una vida paralela a la mía que también disfruta de la exclusividad del aire y del cielo.

Me gusta releer viejos libros de los estantes más altos, escojo historias bonitas, lecturas que me resultan sencillas. Hoy vuelven a mis manos los Cuentos de Benedetti; sé que abriré una página al azar y me reencontraré con una relato ya conocido, ya familiar.

Me gusta escribir ideas sueltas, frente a un papel en blanco o una libreta plagada de anotaciones; grabar en ellos mis pensamientos, que son como una sucesión de diapositivas previamente barajadas, pensamientos a modo de guirnalda infinita atada en los troncos desnudos de los árboles mudos, en un bosque de quietud.

Y disfrutar de una soledad solo mía, elegida, preservada y venerada. Una soledad donde no suena el teléfono y el tiempo me pertenece por completo.

Me complace sentir el frescor de la noche y el ambiente un poco húmedo de la calle de madrugada, su aire que huele distinto, mi hogar también se ve distinto: hay sombras que no me asustan ocupando los huecos y yo misma soy una sonámbula recorriendo un espacio desdibujado e impreciso.

No hay ruidos, ni voces estridentes manteniendo conversaciones de las que no quiero ser testigo, que nada me importan, no interrumpen el reposo del asfalto frío las idas y venidas de los coches del vecindario.

A las tres de la mañana la ciudad duerme y yo velo por unas pocas horas ese sueño sosegado, pasando de puntillas sin apenas ocupar espacio, volviéndome liviana y etérea.

Esto me sucede a las tres de la mañana.