viernes, 4 de diciembre de 2015

MI VIDA JUNTO A JUNO

Necesitaba encontrar el momento para sentarme a hacer balance de lo que ha significado tener a Juno. Mis amigas, y sobretodo las embarazadas (que son algunas), me han preguntado sobre el parto, el postparto, el hecho de tener un bebé en casa, etc. Y me ha encantado hablarles de como lo he vivido, como me he sentido, que sorpresas me he llevado... No pensaba que a nadie le interesara todo esto, incluso yo misma he puesto la directa y no me he parado mucho a pensar en la experiencia de tener a Juno junto a mí.

A lo largo del embarazo fui pasando por distintas etapas y me gustó ser consciente de ello, que fuesen sucediendo con cierta lentitud, dándome tiempo para ir asimilándolas, y sé que escribir sobre el tema me ayudó mucho. Y de pronto, van y me programan el parto y fue como poner el acelerador! Hoy quiero tomarme mi tiempo para repasar estos tres intensos meses.

En agosto, no sé exactamente de cuantas semanas estaba, fuimos a la visita semanal con la obstetricia y la cardióloga y nos dijeron que podíamos irnos de vacaciones sin miedo que aún quedaba un poco para el parto, que veían a la niña bien y no estaba previsto adelantar su nacimiento. Así que nos fuimos una semanita al pueblo de mi madre (mi madre tenía más miedo que yo de que me pusiera de parto tan lejos de donde tenía que dar a luz). Creíamos que al volver, en la siguiente visita, ya nos darían día y hora para el gran momento, pero no fue así, cuando me visitaron vieron que aún se podía alargar más el embarazo y que incluso esperaríamos a que me pusiera de parto por mí misma. Mis doctoras se iban dos semanas de vacaciones y yo me relajé pensando que iba para largo.

La siguiente semana me visitaron dos doctoras distintas y una tercera a quién ya conocía, porque había estado presente en varias de mis visitas anteriores, es reconfortante ir viendo caras conocidas. Después de la ecografía pregunté ¿aún me queda, verdad? Y su respuesta fue: sentaos que ahora hablamos de eso. Recuerdo que era un jueves, siempre teníamos visita los jueves, y nos preguntaron ¿tenéis algo que hacer el lunes? Ya teníamos fecha para el nacimiento de Juno.

Esa frase fue un subidón, me debí poner roja o algo porque noté por dentro una mezcla de emoción, nervios, alegría... Faltaban cuatro días ¡¡buf!! cuatro días de espera, pensé, ¿y si me entra el pánico? Pero no fue así. Primero, estaba entusiasmada por decirle a todo el mundo que Juno nacería el lunes, y después, las ganas de conocerla, verla, tenerla, empezar ya con la nueva fase, me hicieron sentirme con ganas y feliz.

Nos explicaron que nos lo tomásemos con calma porque inducir un parto es un proceso lento y que contásemos unas veinte horas mínimo, que ese lunes seguro que aún no nacería, sino el martes. Y no sé porqué, pero me tomé ese tiempo como una oportunidad para estar solos Miguel y yo, para recibir a nuestra bolita como pareja. Dado que ingresamos juntos y pasamos, las finalmente 30 horas, los dos solos en una habitación, la sensación fue de compartir todo el proceso del parto y sentirme más unida a él que nunca.

Ahora bien, no lo oculto, la inducción resultó ser muy dolorosa, sobretodo cuando después de muchas horas y pastillas esperando a que dilatase sin éxito me pusieron la dichosa máquina que te va chutando oxitocina. En las clases preparto te explican las contracciones como curvas que tienen una subida, una bajada y hacen una breve pausa para la recuperación antes de la siguiente contracción, pero con la oxitocina la contracción sube hasta que crees que no vas a poder soportar el dolor y, cuando parece que va a bajar, empalma la siguiente con su correspondiente subida. Y así una y otra...

Jamás he sentido tanto dolor, recuerdo estar tumbada en la camilla paralizada y no salirme ni la voz para gritarle a Miguel que como me dijese una vez más "respira" le echaba de allí. No sé como pude aguantar horas con ese nivel de dolor, cuando pensaba que no podía más y hasta le lloré a un enfermero como una niña pequeña, me dijo que lo mejor para Juno era que aguantase un poco más y entonces salió todo mi instinto maternal, mis fuerzas, mi tozudez... y aguanté hasta que me dijeron de ponerme la epidural.

En las clases preparto, cuando te explican lo de la curva de las contracciones, te dicen que el cuerpo está preparado para afrontar un parto sin epidural, pero en caso de una inducción la epidural es ineludible porque no son contracciones naturales. Cuando oí la palabra epidural llevaba horas tumbada de lado, incapaz de cambiar de postura, pues qué poder tendrá la mente que me levanté, me senté en la camilla y me puse en la posición de pinchazo con un arrojo! Después, todo fue muy rápido, se me durmió una pierna y a la otra le costó más, dejé de sentir las contracciones y literalmente en dos empujones nació Juno con los ojazos abiertos y cara de ¿¡qué está pasando?!

Pensé ¿ya está? ¿Y todos los partos que había visto en las películas? Ni gritos, ni sudor, ni grandes esfuerzos apretando... Supongo que cada parto es diferente, pero después de todo el dolor que sentí durante la inducción, que el parto fuese tan breve y fácil me extrañó. 

La sensación de verla por primera vez fue indescriptible. Me parecía increíble que una personita tan formada y tan grande (pesó 2'780 Kg. así que no era tan grande) estuviese dentro de mí hasta a penas unos instantes. Me habían dicho que al nacer algunos niños se ponen morados, ella tenía un color clarito y las manos juntas como una ardillita, postura que ya adoptaba en la barriga y que aún sigue haciendo a menudo.

Me la pusieron encima y me sentí muy rara, no sabía ni como cogerla, la veía como una cosita tan frágil y no quería hacerle daño... Miguel le dio un beso. Cuando aún estaba asimilando que ya tenía a mi hija empezó a quejarse y se la llevaron corriendo a la UCIN donde la entubaron y le administraron oxigeno. Entonces reaccioné, me di cuenta de que no había provechado mi primer momento con ella y quería otra oportunidad! Me dijeron que hasta que no se me despertaran las piernas no podía bajar a verla, intenté ponerme de pie con una pierna aún dormida y, claro, no podía andar. Se me hizo eterno hasta que me dejaron ir con ella, total para llevarme en camilla... 

Cuando la vi de nuevo me pareció preciosa, estaba muy relajada, no me importaban los tubos, no me impresionaron. Al comprobar que estaba bien me sentí inmensamente feliz.

Después vino la etapa UCIN, a la que nos acostumbramos pronto. La rutina de madrugar e ir al hospital se convirtió en nuestra normalidad. Cuando Miguel empezó con los exámenes yo me preparaba la comida temprano, me hacía la mochila con cuatro cosas y el libro de turno, y él me dejaba en el hospital antes de las nueve. Luego, venía a las cinco y media de la tarde y a mí se me hacía corto el tiempo al lado de mi pequeña. Nos quedábamos hasta las nueve, algunas veces más tarde, y nos íbamos con ese nudillo en la garganta de dejarla pero felices de haber superado otro día. Contra todo pronóstico, no me sentí cansada ni tuve el bajón que mi comadrona me advirtió, e hizo bien porqué me di permiso para sentirme mal, lo que no llegó. Creo que estuvo 24 días ingresada, no recuerdo el día del alta, fue mucho antes de lo esperado. Nos habían preparado para más tiempo pero la última operación fue muy bien y su recuperación tan rápida que eso aceleró que nos la pudiésemos llevar.

Y más primeras veces: la primera vez que salí con ella en brazos a la calle, ¡una sensación increíble! La primera vez que la senté en la sillita del coche y la vi diminuta, la primera vez que entramos en casa con ella, y esa primera noche, que pasó la mitad en el moisés y la otra mitad en la cama en medio de los dos. Ese día, sin pretenderlo, iniciamos el colecho, porque desde entonces que ha dormido con nosotros y os aseguro que el momento de ir a la cama con ella es una pasada.




Preparados como estábamos para noches sin dormir, nos sorprendió que durmiese tantas horas seguidas. Y durante el día, alternando sueño y comidas, durmiendo en su moisés... Había oído decir que aprovechase para dormir cuando ella lo hiciera, pero al pasar buenas noches durante el día no tenía necesidad de dormir, habré hecho dos siestas en todo este tiempo. Así que aprovechaba para hacer mis cosas, tengo desde entonces montado en el comedor un minitaller con el set de costura, telas, lanas, libretas, rotuladores...

Como comentó una amiga un día que nos visitó, los niños no se portan bien o mal, no es "más buena" por llorar menos... Cuánta razón tienes Ali. Juno cuando algo no le gusta se queja, si se siente mal llora, si está contenta ríe... Ningún estado excluye al otro, todos son necesarios.

Si algo me ha costado es el tema de la lactancia. En el hospital no era la prioridad, así que le daba el pecho cuando los médicos me dejaban y no era muy a menudo... Me dieron el alta sin haber conseguido que se cogiera bien y me encontré en casa un poco perdida, porqué la teoría me la sabía de pé a pá pero en la práctica no había manera. El sacaleches se convirtió en mi mejor aliado porqué ella me hacía mucho daño, muchísimo, y me pasaba el día dolorida, tanto con sujetador como sin él veía las estrellas. Por suerte cuando tuve visita con mi comadrona ella me ayudó, empecé a ir a un grupo postparto y cuando me quise dar cuenta ya lo había solucionado.

Sobre los dos meses vinieron los famosos cólicos y durante unas dos semanas cada noche pasaba una hora mala que nos dolía casi más a nosotros que a ella. Por suerte sosteniéndola boca a bajo se calmaba y, además, se dejaba consolar y acababa durmiéndose. No hemos tenido ninguna complicación médica, las visitas con la cardióloga de semanales pasaron a ser mensuales y ésta sí es una gran noticia, señal de que prospera adecuadamente. Toma medicación cuatro veces al día y ya está. Y a nivel pediátrico normal, como cualquier otro niño, la única precaución que debemos tomar este invierno es procurar que no se refríe, porqué no le conviene padecer una bronquiolitis, evitando que esté en contacto con niños pequeños y adultos refriados. 



Buff!! ¡Qué parrafada os he soltado y eso intentando ser muy breve! No he profundizado en aspectos que bien lo merecen, pero como ya anunciaba de entrada, quería hacer balance, también para todos los que os habéis interesado tanto por la salud de Juno y me habéis hecho sentir tan respaldada. 

Para acabar, seguí un buen consejo de una amiga tú escucha a todo el mundo pero haz lo que creas conveniente, y así he actuado. Opiniones hay para todos los gustos, pero tener a Juno es nuestra experiencia personal, única e irrepetible.




¡Feliz puente!