domingo, 24 de enero de 2016

EL BAÑO

Tengo esta entrada pendiente desde que bañamos por primera vez a Juno en casa. Me apetecía mucho hablar de este momento de interacción precioso en mi empeño por dar valor a la cotidianidad. El baño es, sin duda, una de las rutinas de higiene que nos van a acompañar a lo largo de nuestra vida. Y es muchísimo más que un acto asistencial: es una oportunidad para conocerse, para fortalecer vínculos afectivos, para conectar con el otro.

Cuando bañamos a Juno por primera vez fue muy especial.
 Y la segunda vez, y la tercera, y la cuarta, y la quinta...


Es importante para mí que los actos cotidianos, que se repiten con frecuencia, no pierdan la calidad, la magia, ni la ternura, de la primera vez. En realidad es fácil, porque nunca es igual, siempre es una nueva ocasión de encontrarse, de converger. 

Una nueva oportunidad de establecer un diálogo íntimo a partir de miradas, caricias... de movimientos que se van sucediendo, interpretando... que se piden permiso con la mirada, con la pausa en el gesto, que se van sincronizando.

Observar, fascinarse, aprender
Dar protagonismo


 Acompañar la acción autónoma, la iniciativa, desde la proximidad 

Los cuidados son esenciales para el bebé porque necesitan de un adulto que se los proporcione, y ese ponerse en manos de alguien es un acto de confianza. Exponerse con toda su la vulnerabilidad a la acción del adulto, dependiendo totalmente de ella, para ir tomando las riendas poco a poco. 

Cuando bañas a un/a niño/a, primero le desproteges, le despojas de una coraza simbólica. En la desnudez la piel es más sensitiva aún a las manos que lo tocan, a su paciencia o su prisa, a su suavidad o aspereza, a su capacidad para sostenerle o no. 

Wilfred Bion llama reverie a:
"la  capacidad de la madre de devolverle al bebé su experiencia emocional sin metabolizar en forma de pensamientos adecuados para ser contenidos y pensados por él. Es el estado mental requerido en la madre para estar en sintonía con las necesidades del bebé".

Proteger, contener, sostener y tranquilizar

En relación a los adultos que proporcionan estos cuidados, Myrtha H. Chokler expone: 
"Su función es proteger, contener, sostener y tranquilizar al niño en su contacto con el mundo, que, por ser nuevo y renovado permanentemente, le despierta curiosidad, interés y también inquietud, alarma y ansiedad."
Por lo que unas manos que transfieran calidez, que sepan acoger más allá del propio cuerpo, que se tomen su tiempo para, a su vez, dar tiempo, serán unas manos que aportarán calidad a la relación interpersonal y que ayudarán a sentirse bien. 

Sintonizar, compenetrarse

"Aunque el niño tiene una tendencia genética a promover la proximidad o el contacto con una persona y  apegarse a ella, también hay un aprendizaje de la función y es evidente que ésta se va desarrollando hacia aquéllas con las que tiene más  interacción o que le brinden las respuestas específicas más cálidas y adecuadas”.

 J. Bowlby
Mimar todos los elementos que constituyen el baño para que el/la niño/a se sienta cómodo/a es una manera de darle importancia, de aportar valor al instante. Cuidar la temperatura del agua y del ambiente, la intensidad de la luz, el tono de voz... considero que es más importante que disponer de muchos utensilios.


Resonar empático
"...habilidad de la madre para empatizar, reflejar, ecoar los estados internos del bebé, posibilita y asegura el desencadenamiento de ciertos procesos bioquímicos y neurobiológicos que son fundamentales a la maduración de ciertas estructuras cerebrales corticales y subcorticales ligadas al futuro desarrollo socioafectivo del niño."
Karin Fleischer 
El baño proporciona bienestar, sentirse limpio, atendido, cuidado... cuando la persona que acompaña este proceso tiene en cuenta las necesidades del niño, y con esto me refiero, sobretodo, a que tiene en cuenta como se siente. 

Complicidad, juegos, diversión, armonía

El lenguaje no verbal adquiere un papel principal en este placentero ritual. Ritual que se aleja de toda brusquedad, que quiere mantener el equilibrio y la estabilidad de su pequeño cuerpo, anticipando nuestras acciones, y para tal fin, a menudo, no es necesario usar la palabra, es mucho más intuitivo que anunciar lo que sucederá a continuación, más vivencial. 


Cuando empecé mi formación como educadora infantil, vi un vídeo en el que una cuidadora bañaba a un bebé de pocos días, yo entonces aún no había tenido a ningún niño en mis manos, y esa manera tan respetuosa de tratar al pequeño, esa gran delicadeza, no se me olvidará jamás. Fue mi primera aproximación a la figura de Emmi Pikler y el instituto Lóczy.