martes, 1 de marzo de 2016

INSTINTO PARENTAL

Creo en mi instinto maternal.

¿Cómo no voy a hacerlo, si cuando supe que algo iba mal me di cuenta de que esa pequeña personita que crecía dentro de mí se había convertido en lo más importante del mundo? ¿Cómo no creer, si en ese momento supe lo que es querer a alguien más que a la propia vida?


No es algo que diga a la ligera, no nací con él. De hecho, han tenido que transcurrir muchos años para que aflorase, antes parecía no existir en absoluto, hasta el punto de creer que jamás iba a tener hijos, por pura coherencia, porque para mí tener hijos significaba ineludiblemente desearlo al 100%. Cuando me preguntaban por mi falta de interés yo respondía: no tengo instinto maternal. Y así debía ser, o estaría dormido y al final despertó. Tampoco me queda claro cuanto hay de mito o realidad, ni me importa, sé lo que siento ahora mismo y ya es suficiente, no necesito corroboración científica. Ni creo que sea algo exclusivo de la mujer, viendo a Miguel y muchos padres, me queda claro que no es así, sería entonces más correcto hablar de instinto parental o familiar, tal vez...


Mi instinto maternal me ayuda a esquivar las lluvias de consejos, recomendaciones, sugerencias, advertencias, opiniones, indicaciones, pautas y bla bla bla. No voy a excusarme por ello; hago lo que quiero, lo que me apetece. ¿Sabéis porqué? Porque me hace feliz. Sin más. Ser feliz es lo mejor que puedo ofrecerle a Juno, ser feliz para que ella sea feliz.

Cuando tuvimos a Juno en casa, no empezamos a planificar, sino a sentir. Mucho antes de que naciese ya empecé a cuidar de ella cuidándome yo, cuando cada mañana me hacía el zumo de tres naranjas, cuando bebía tantísima agua, cuando evitaba los alimentos prohibidos, con las cinco comidas... era por ella. Podía no hacerlo, lo sé, muchas madres me decían que ellas no hacían mucho caso de las indicaciones de la comadrona, yo entonces pensé que haría todo lo que fuese bueno para ella si estaba en mi mano, y sigo en esa línea.

La primera noche tuvimos la necesidad de dormir con ella, le llaman colecho, nosotros no le pusimos nombre a lo que nos salió de dentro. Queríamos su contacto y darle el nuestro, no lo hicimos por motivos prácticos, más bien emocionales. Después lo valoras y ves que es muy práctico, y cuando se lo explicas a alguien parece que lo tengas que justificar por ese lado... Pues no, nada de justificaciones, ¡cómo si yo se las pidiera a alguien! 

Ante la pregunta: ¿y no te da miedo hacerle daño? No, ningún miedo. Somos tan conscientes de que ella está en la cama con nosotros, que nuestra mente y nuestros cuerpos la tienen presente, nos hemos adaptado al nuevo espacio disponible, a su tamaño, a su vulnerabilidad. Oír su respiración sosegada, tocar sus bracitos totalmente relajados, son la mejor prueba de ello. Hay que tener confianza en uno mismo, llámale instinto maternal o como quieras. ¡Estamos en la gloria! 


También me preguntaban si no me daba miedo que se acostumbrara a los brazos, por llevarla más en brazos que en el cochecito. Nada de miedos y de "por si...", al final con tantas preocupaciones se te olvida disfrutar el presente. El rincón de padres de la biblioteca está lleno de manuales, solo con leer los títulos se me quitan las ganas, "cómo hacer...", "reglas para...", "consejos para..." (que conste que no me refiero a ninguno en concreto, que nadie se sienta mal si su libro de cabecera empieza así por favor). Y están ahí, al alcance de cualquiera, son como una bomba de relojería.

Ahora Juno ya tiene seis meses y la pregunta estrella es sobre cuando le vamos a introducir alimentos. Para mí es tan sencillo como observarla, los calendarios no dejan de ser pautas orientativas, las curvas de crecimiento son parámetros estandarizados, en definitiva, son muy genéricos. ¿Cómo van a saber mejor que una madre/padre/cuidador que vive el día a día de un niño lo que necesita? Ya decidiremos cuando introducirle alimentos, hasta ahora, con solo lactancia materna, ha ido ganando peso regularmente, se sacia y está estupendamente. ¿Por qué anticiparnos entonces? 


Fue precisamente a raíz de estas preguntas y valorando que la lactancia la estamos viviendo muy positivamente, que decidí continuar con nuestra dinámica y que la leche materna siga siendo el alimento fundamental hasta que se incorpore a la escuela en septiembre. Fue instintivo, después me informé y encontré una manera de hacerlo con fundamento. En el descanso de una formación surgió el tema entre unas compañeras, les expliqué que quería seguir dándole pecho a Juno y que no me convencían nada las papillas de cereales ni los purés, por el simple hecho de que unificaban la textura de todos los alimentos y se tendía a una actitud pasiva por parte del niño. Entonces, una compañera me explicó su caso con su hija de dos años y me ofreció bibliografía y charlas para informarme, y eso hice, sin pretenderlo he encontrado una orientación, se llama Baby Led Weaning (BLW). Ya os explicaré con detalle.

No tengo ningún interés en nadar contracorriente, no me apunto a las nuevas tendencias, nada de eso, solo quiero hacer lo mejor para Juno y para nosotros. Y por eso creo en el instinto parental, porqué nadie la conoce mejor que nosotros, que ponemos todos nuestros sentidos en ello.

Por este motivo dejé de asistir pronto a las clases postparto, porqué coincidí con madres que tenían muchas dudas respecto a la lactancia, que estaban muy preocupadas por el peso, por las tomas, que habían optado por complementarla con suplementos, que necesitaban tener pautado cada paso, y vi que no era mi sitio. Aunque al principio fue mi salvación y creo que es buen lugar donde resolver dudas y problemas relacionados con la maternidad, todo precisa de un momento adecuado.


Sin pretenderlo mi instinto maternal me ha llevado a decantarme por la crianza natural, aunque yo no soy de poner etiquetas, solo de guiarme por el sentido común y confiar en mí misma.